Ganar millones a los diecinueve tiene un precio
Las consecuencias reales del NIL en el deporte universitario americano
FÚTBOL AMERICANO
8/30/20266 min leer
Hace unas semanas hablamos de NIL, el sistema que desde 2021 permite a los deportistas universitarios de Estados Unidos cobrar por su propia marca personal, algo que durante más de un siglo estuvo completamente prohibido. Pero contar el cambio legal es solo la mitad de la historia. La otra mitad es lo que este dinero está provocando de verdad, tanto en los propios chavales que lo cobran como en el deporte universitario en su conjunto.
El deporte universitario compite de tú a tú con la NFL
Durante años se ha tratado al deporte universitario como una antesala, algo entretenido mientras llegan las verdaderas estrellas a nivel profesional. Los números ya no sostienen esa idea. En la temporada 2025, la NFL promedió 18,7 millones de espectadores por partido. El Ohio State contra Michigan de ese mismo año promedió 18,4 millones, prácticamente lo mismo. El Rose Bowl llegó a los 23,9 millones, y el Cotton Bowl a 19, ambos por encima de la media de la NFL. No es que el universitario gane siempre, pero sus grandes citas compiten de tú a tú con cualquier domingo profesional. Y eso cambia por completo cómo ven las marcas a estos chicos: ya no son una apuesta barata de cara al futuro, son una audiencia real ahora mismo.
La brecha que se abre entre universidades
Aquí está uno de los efectos menos hablados de todo esto. Los grupos que pagan a los jugadores, llamados collectives, dependen del dinero de exalumnos y empresas ligadas a cada universidad. Eso significa que un chico de instituto, antes de jugar un solo partido a nivel universitario, puede prácticamente calcular cuánto va a cobrar según a qué universidad decida ir. Universidades grandes, con bases de exalumnos ricas y muy comprometidas, pueden ofrecer cifras de seis o siete cifras a un recluta sin experiencia. Universidades más pequeñas, sencillamente, no pueden competir con eso. Elegir universidad ha dejado de ser solo una decisión deportiva o académica. Ahora también es una decisión financiera, calculada de antemano, y esto está agrandando la diferencia entre los programas grandes y los pequeños más rápido de lo que nunca se había visto.
Lo que esto genera dentro del propio vestuario
Aquí entro en terreno más de opinión que de dato duro, pero es algo que se escucha constantemente en programas de tertulia sobre fútbol americano, así que merece la pena pensarlo. Dentro de un mismo equipo, dos compañeros pueden estar entrenando codo con codo, exigiéndose exactamente el mismo esfuerzo día tras día, y uno estar ganando millones mientras el otro no ve un dólar. Es fácil imaginar que eso afecta a la dinámica del grupo de una forma que antes, cuando nadie cobraba nada, simplemente no existía. No hace falta un estudio para intuir que la envidia, el resentimiento, o directamente la sensación de estar jugando un juego distinto al de tu propio compañero de vestuario, son un riesgo real para la cohesión de un equipo.
Por qué algunos ya no tienen tanta prisa por llegar a profesionales
Antes, sobre todo en baloncesto, saltar cuanto antes al draft era casi obligado desde el punto de vista económico: en la universidad no había forma de ganar dinero, así que cuanto antes llegaras al sueldo de verdad, mejor. Eso ha cambiado. Ahora un jugador puede seguir estudiando, seguir jugando a nivel universitario, y a la vez ganar dinero real por su imagen. Para muchos, ya no compensa tanto la prisa. Y esto tiene un efecto que va más allá de la propia universidad: las ligas profesionales reciben a estos chicos un poco más tarde, un poco menos hambrientos de esa primera nómina, porque esa hambre ya la han calmado antes de llegar.
El problema de no saber qué hacer con tanto dinero, tan joven
Aquí hay un riesgo real y bastante desatendido, y no afecta solo al chaval que cobra, también a toda su familia. Muchas de estas familias nunca han visto ese nivel de dinero en su vida, y es fácil caer en la idea de que ese ritmo de ingresos va a mantenerse siempre. No es así. Ni siquiera las carreras que sí llegan a profesionales duran lo que la gente cree: la carrera media de un jugador en la NFL es de apenas 3,3 años. Y las cifras de después son todavía más duras: un porcentaje muy alto de exjugadores de la NFL termina con problemas económicos serios pocos años después de retirarse, algunos directamente en bancarrota.
Si eso le pasa a quien sí llegó a cobrar un sueldo profesional, es fácil imaginar el riesgo para un chaval de diecinueve años que nunca antes gestionó ni un euro, y que de la noche a la mañana pasa a manejar cientos de miles de dólares sin ningún tipo de guía. La formación financiera para estos chicos depende de cada universidad y de cada estado, de forma muy desigual, y muchos, sencillamente, no saben por dónde empezar. Es un problema tan grande que el Senado de Estados Unidos celebró una audiencia en marzo de 2026 dedicada específicamente a esto, con un título que lo resume bien: no dejar caer el futuro de estos chicos, dentro y fuera del deporte.
El riesgo de relajarse antes de tiempo
Y aquí va otra reflexión, más mía que de dato verificado en ningún sitio: si un chico de diecinueve años ya gana lo que ganaría un profesional consagrado, ¿qué incentivo real le queda para seguir exigiéndose al máximo antes de demostrar nada a nivel profesional de verdad? Es razonable pensar que, para algunos, el hambre que antes venía de no tener nada asegurado, se diluye un poco cuando el dinero ya ha llegado antes que los resultados.
Lo que las propias leyendas del pasado dicen ahora sobre esto
No hace falta especular mucho, porque ya lo están diciendo ellos mismos. Lonzo Ball y Michael Porter Jr., ambos han sido estrellas consolidadas de la NBA, hablaron abiertamente de esto hace poco en el podcast de Porter, recordando lo ajustados que iban económicamente en su época universitaria y calculando en voz alta cuánto más podrían haber ganado si el cambio de NIL hubiera llegado solo unos años antes. Nacieron, como dijo uno de ellos, unos años demasiado pronto. Otros análisis han hecho ese mismo ejercicio con más nombres: Zion Williamson, según el economista David Berri, habría valido unos 5 millones de dólares al año jugando en Duke, con un dato brutal de refuerzo, el día que se le rompió la zapatilla en un partido televisado a nivel nacional, las acciones de Nike cayeron 1.000 millones de dólares. Johnny Manziel podría haber estado cobrando 35 millones según distintos analistas. Tim Tebow, entre 22 y 35.
Y para ver hasta dónde ha llegado esto en la realidad actual, sin necesidad de especular: Arch Manning, el actual quarterback más valorado del país, ya gana entre 5,4 y 6,6 millones de dólares al año, en la Universidad de Texas en Austin. Y Shedeur Sanders, mientras jugaba en la Universidad de Colorado en Boulder, calentaba antes de los partidos luciendo un Richard Mille de 350.000 dólares en su muñeca.
Por qué el baloncesto obliga a construirse una imagen mucho antes que el fútbol americano
Hay una diferencia estructural entre estos dos deportes que vale la pena entender. En baloncesto, los mejores prospectos suelen pasar un solo año en la universidad antes de saltar a la NBA, así que si quieren llegar con un valor de NIL alto, tienen que haberse construido una imagen mediática ya en el instituto, a través de rankings de reclutamiento y exposición nacional desde los quince o dieciséis años. En fútbol americano, en cambio, un jugador suele pasar tres o cuatro años en la universidad antes de dar el salto a la NFL, así que tiene mucho más tiempo para hacerse viral, construir su marca y subir su valor estando ya dentro del propio sistema universitario. Son dos caminos completamente distintos hacia el mismo tipo de dinero.
Lo que en EE.UU. genera debate, en el resto del mundo es normal desde hace generaciones
Vale la pena poner esto en perspectiva. En Estados Unidos, todo este cambio genera audiencias en el Senado, artículos de opinión hablando de que se está "arruinando" el deporte universitario, y comparaciones constantes con el mercado profesional descontrolado. Pero en el resto del mundo, que un adolescente firme un contrato profesional y empiece a cobrar por su talento es completamente normal desde hace generaciones. En España, la edad mínima para firmar el primer contrato profesional de fútbol es dieciséis años, y clubes como el Barça llevan haciendo esto de forma sistemática desde hace décadas, con Lamine Yamal como el ejemplo más reciente y mediático. En tenis, competir profesionalmente y firmar patrocinios siendo menor de edad tampoco es ninguna novedad. Lo que en Estados Unidos parece una ruptura radical con el pasado es, para buena parte del planeta, simplemente cómo siempre se ha hecho.


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