El deporte que más aficionados atraía sin pagar a quien lo generaba

Cómo el deporte universitario en EE.UU. pasó de prohibir el dinero a convertirlo en parte del juego

FÚTBOL AMERICANO

8/23/20264 min leer

Cada sábado de otoño, hay estadios universitarios en Estados Unidos que llenan más de cien mil asientos para ver jugar a chavales de dieciocho a veintidós años. Muchas de esas ciudades no tienen ningún equipo profesional cerca, así que el equipo de la universidad es, sencillamente, el gran evento deportivo del año, con generaciones enteras de la misma familia siguiéndolo. Las rivalidades llevan más de un siglo activas, y el ritual del sábado, con tailgates (fiestas en el aparcamiento del estadio horas antes del partido), es casi tan importante como el propio encuentro.

Durante todo ese siglo largo de historia, hubo una regla que no cambió: los jugadores no podían cobrar ni un dólar por nada relacionado con su fama, sin importar cuánta gente llenara ese estadio gracias a ellos. Eso, hasta hace muy poco, cambió del todo. Hoy existe algo llamado NIL, que en la práctica significa esto: un jugador universitario puede cobrar por su propia marca personal. Firmar un anuncio, vender su propia camiseta, cobrar por aparecer en redes sociales, lo que sea. Antes de 2021, nada de esto estaba permitido. Vamos a ver cómo se llegó hasta aquí.

Las grietas que ya se veían antes de que todo se rompiera

Mucho antes de que el sistema cambiara del todo, ya había señales de que la regla no aguantaba la realidad. Reggie Bush ganó el trofeo Heisman (el premio individual más importante del fútbol universitario) en 2005, y en 2010 tuvo que devolverlo después de que se descubriera que él y su familia habían aceptado dinero, viajes y una casa gratis de gente que quería representarlo en el futuro. Johnny Manziel, otro ganador del Heisman, fue investigado por cobrar dinero simplemente firmando autógrafos, algo que hoy es completamente normal y legal. La norma llevaba años castigando cosas que, vistas con los ojos de hoy, parecen absurdas de perseguir.

El símbolo perfecto de lo que estaba pasando

Durante más de una década, la empresa de videojuegos EA Sports fabricó juegos de fútbol americano y baloncesto universitario con jugadores idénticos a las estrellas reales, mismo dorsal, misma altura, mismo estilo de juego, pero sin nombre. Era la forma de esquivar el problema legal de usar la imagen de alguien sin pagarle nada.

Quien rompió esto fue Ed O'Bannon, un exjugador de baloncesto de UCLA que un día descubrió que un amigo de la familia jugaba con un personaje que era claramente él, sin que nadie le hubiera pedido permiso. Demandó, ganó, y la NCAA acabó pagando 40 millones de dólares repartidos entre miles de exjugadores. El videojuego se canceló en 2013 por el lío legal. Volvió en 2024, ya bajo las nuevas reglas, pagando 600 dólares a cada uno de los casi 11.000 jugadores que aparecen, esta vez con su nombre real puesto.

De cobrar lo mínimo para sobrevivir a comprarse un Lamborghini

Antes de julio de 2021, lo único que un atleta podía recibir de la universidad era la beca y una pequeña ayuda mensual, unos cientos de dólares, sin poder trabajar durante el curso. El exquarterback de Georgia Carson Beck lo resumió así en una entrevista: sus primeros tres años de universidad vivió con esa pequeña ayuda mensual, nada más. En 2024 se compró un Lamborghini de más de 270.000 dólares con el dinero que ya podía ganar gracias a su propia imagen. El mismo jugador, dos realidades económicas completamente distintas, a solo unos años de diferencia.

Quién pone el dinero

Aquí está la parte que de verdad hay que entender bien, porque el dinero no sale de un solo sitio, sino de tres fuentes distintas y muy diferentes entre ellas.

La primera son las marcas. Una empresa de coches, una cadena de restaurantes, una marca deportiva, pagan directamente al jugador por aparecer en un anuncio o promocionar su producto. Esto es un patrocinio normal y corriente, igual que el de cualquier deportista profesional, y es legal desde julio de 2021.

La segunda son los llamados collectives, y aquí está el matiz que mucha gente no entiende bien. No son ni una marca ni la propia universidad. Son grupos de exalumnos, empresarios y aficionados de una universidad concreta que se juntan y aportan dinero entre todos, con el objetivo de pagar a los jugadores de su equipo. Muchas veces esto se disfraza de "patrocinio", pero el objetivo real casi siempre es simplemente atraer o retener talento para su universidad. Y esto también dice algo bonito de fondo: el nivel de compromiso y cariño que tienen los exalumnos americanos con su universidad, hasta el punto de poner dinero de su bolsillo, años o décadas después de haberse graduado, solo para que su antiguo equipo siga siendo competitivo.

Y la tercera es la más nueva de todas, desde 2025: las propias universidades pagando directamente a sus jugadores, desde su propio presupuesto deportivo, algo que hasta hace muy poco estaba prohibido por completo. Cada universidad puede repartir así hasta unos 20 millones de dólares al año entre todos sus deportistas.

El cambio que ha encendido la polémica de verdad: el Transfer Portal

Hay otra pieza más en todo esto, y es la que más está dando que hablar entre entrenadores y aficionados veteranos. Se llama Transfer Portal, y es básicamente una base de datos donde un jugador puede apuntarse para avisar de que quiere cambiar de universidad. Se creó en 2018 solo para dar transparencia a ese proceso, nada más.

El problema es que, combinado con el dinero NIL, esto se ha convertido en algo parecido a un mercado de fichajes constante, sin las reglas que sí tiene cualquier liga profesional (como un límite de veces que puedes cambiar de equipo, o un tope salarial). Solo en 2023, más de 31.000 jugadores entraron en el portal buscando cambiar de aire, y menos de la mitad consiguió encontrar un equipo nuevo.

La crítica que se repite constantemente, incluso de exjugadores y entrenadores históricos, es esta: antes, un jugador se quedaba cuatro años en la misma universidad, crecía con el mismo grupo, y eso construía equipos con identidad propia a lo largo de los años. Ahora, con la posibilidad de cambiar de universidad casi cada temporada persiguiendo la mejor oferta económica, muchos creen que se está perdiendo esa construcción de proyecto a largo plazo, y que el deporte universitario empieza a parecerse cada vez más a una versión descontrolada del mercado profesional, pero sin ninguna de sus reglas de orden.